Último toro: Morente y Habichuela

Lo bueno se va acabando, pero está Flamenco On Fire 2017 tocando a su fin sin que el pulso de la cotidiana emoción artística ni por un solo momento se ralentice. Mismamente, anoche, en la presentación en la Sala Zentral de su Obras son amores y antes de tomar asiento para empuñar la guitarra por derecho y por granaína, Antonio Carmona nos quitó de sopetón veinticinco años de encima al trasladarnos con el No estamos lokos a la Sala Caracol regentada en nuestra verde edad por él y Mariola. Un rato antes, sobre el mismo escenario y con Tomasito como artista invitado, puso Popo con su original propuesta –Soniquete con Flow– a todo el mundo a bailar. Y hoy Flamenco On Fire se ha anotado un tanto de consideración con el concierto en el Baluarte de Miguel Poveda, quien, tal que era de prever, ha levantado pasiones y acabado con la contaduría. Quien quizá es el artista hoy por hoy más taquillero de España, hace tiempo que no se anuncia en festivales flamencos. Con Pamplona y Miguel Morán ha hecho la excepción, y por algo será. Pronto le veremos en Madrid, en una de las tres veladas con que, con un auténtico desfile de estrellas, Pepe Habichuela celebrará en el Price el sexagésimo aniversario de su debut sobre las tablas.

Vamos llegando al final. Hace sólo unas horas, Anya Bartels-Suermondt sopesaba si hacer un viaje relámpago a Bilbao a ver a Jiménez Fortes con la de Miura, pero temía no regresar a tiempo de asistir al concierto en el Tres Reyes de José Enrique Morente y Juan Habichuela Nieto. A la postre la cordura se impuso, además de que vióse Anya disuadida de sus intenciones también por la lluvia, que la retuvo durante un buen rato prisionera bajo el toldo del Fitero junto a mí, Salomé Pavón, Pepe Maya y Marisa Salas. Así que, caída ya la noche y a poco también de descender el telón del festival, aquí estamos para ver comparecer sobre las tablas a Morente y Habichuela, pareja suscitadora de runrunes por cuanto evoca la antaño formada por el padre de uno y el tío del otro en varios discos y multitud de proscenios. También recordamos -¿cómo olvidarla?- una noche gloriosa, en el San Juan Evangelista, de Enrique con la guitarra de Juan abuelo…

Hay juntura y hay complicidad entre ambos. Y hay encaste. Porque, como no hablamos de pop ni de música electrónica, sino de un género musical tradicional, aquí las dinastías o prosapias -en este caso, Morente y Montoyita el cantaor y Habichuela el guitarrista- juegan un papel de primer orden. No hay música tradicional, en efecto y salvando las excepciones que se quiera, que revista sentido sin la savia de la transmisión de abuelos a nietos, de padres a hijos, de tíos a sobrinos… Un chino podrá ser el mejor cocinero de lasaña del mundo, pero, si quitamos o escondemos a las mammas italianas, se acabaron la pasta y el chino, porque habremos eliminado el sustrato y, con él, el interés gastronómico. Cualquier vela, sí, es bonita para un barco, mas, si nos olvidamos del mantenimiento de su quilla, corramos raudos hacia los botes salvavidas, porque al fondo que nos vamos con la nave, la carga y toda la tripulación. Dicho sea para conocimiento de navegantes con pocas horas de travesía y que confunden la alta mar con las caletas: para que lo demás se dé por añadidura, tiene que haber arcilla, buenos légamos.

Juan Habichuela Nieto es la más reciente revelación de la guitarra flamenca y acaba de sacar disco: Con nuestro corazón a Paco de Lucía (Universal Music, 2017), hace poco presentado en la Sala Orquesta del Teatro Real de Madrid. Hoy en el Tres Reyes, primero se deja escuchar en solitario y su bulería, de rico fraseo y acentos de flamenquísimo peso, tocada con absoluta fe en lo que se quiere decir, puede ser tomada como modélica. ¡Suenan con fuerza los olés para esta composición y ejecución, seguidas de principio a fin con deleitoso placer por la concurrencia! En cuanto a José Enrique Morente, comparece con un repertorio -y, por tanto, un sonido- propio que ya distinguen su propuesta de las de otros cantaores de su quinta. Musicalmente entroncado a la herencia paterna a la que legítimamente da continuidad, dedica el Adiós, Málaga de su progenitor -loores haciendo bailar los pinceles a Picasso, La Cañeta, El Chaqueta, María Zambrano, La Repompa, El Chino de Arte 4…- a un torero recién partido al Paraíso de los Valientes y a quien tantas ovaciones rindieran los tendidos de Pamplona: Dámaso González. Estalla también la ovación para este tándem con transmisión, garra y sintonía, que brilla asimismo en una caña limpísima y de ebúrneos matices de la que habían ya ofrecido una gran interpretación en el balcón del Hotel La Perla.

Daniel Melón al mando de una punzante y cálida segunda guitarra, corre la percusión a cargo de Popo, triunfador horas antes en la Zentral y que encandila a la audiencia con sus juegos de espadachín con el compás. Siguen los olés, con la gente muy metida en la faena. ¡Ya está el toro entregado! Morente hijo se perfila en la suerte natural y hunde el acero hasta la bola. ¡El toro dobla! ¡Flamean los pañuelos! ¡Cascabelean las mulillas conducidas por Marote y Sergio Delgado! ¡Clamor grande! ¡Hasta el año que viene, Pamplona!

Fotos de Paco Manzano.



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