Montería en el “Curujo”

La persecución legal del duende, que es como en términos admirativos los cazadores llaman al corzo, queda abierta en torno al mes de marzo, pero en Extremadura es usual que esa esencia siempre esquiva pueda ser aprehendida fuera de fecha y al margen de vedas, lo que no implica que sus cazadores sean furtivos. Al revés: credenciales, les sobran. El día de San Blas, mientras Cáceres se echaba a la calle para protestar contra la mina de litio abierta en La Montaña y proteger así los consuetudinarios derechos de los gnomos y cabiros que desde tiempo inmemorial martillean en las fraguas del subsuelo sutil, hubo flamenco en Los Santos de Maimona.

Fría la noche y oscura la carretera, había no obstante que acercase al Curujo, uno de los bares de copas más populares de la localidad, pues el cartel -encabezado por uno de los cabiros del cante más acreditados de la región- lo merecía. La sala registró un lleno absoluto, con público del que sabe pegar los olés a cuento y a tiempo, para tomar el pulso artístico a Alejandro Vega, Dani Castro y Juan Vargas.

No era de extrañar, pues acudir a escuchar a Alejandro Vega, que venía de cantar en Madrid y Nimes, es siempre jugar a caballo ganador y asegurarse abatir varias cuernas negras, que son las que, tratándose de corzos, más puntúan en las monterías. No en vano los devotos de improntas cantaoras como Remedios Amaya o Ramón El Portugués reconocen en él a un eco de la misma estirpe, entroncada en el cante gitano de raíz y con el sentimiento como bandera. Su cante por taranto y fandangos destiló anoche en el Curujo una luctuosa dulzura y un añejo aroma de los que embriagan, y arrancó los olés por tangos y jaleos con esos quejidos suyos siempre airosos y en que se juega el lamento a todo o nada. ¡Noche para el recuerdo la que nos regaló!

Hubo más. Cantaor joven y poco placeado, Dani Castro no suele actuar fuera de los circuitos locales, pero -amante de clásicos como Caracol, Porrina o Chocolate– es dueño de un carísimo metal que le hace atesorar un peligro sordo. Tras calentarse por soleá, tangos y bulerías, su gran momento le llegó por fandangos, donde su garganta restalló asaeteándonos con aceradas esquirlas cuya ígnea trayectoria recorrieron, de vuelta, los olés de la concurrencia. ¡Muy merecida su vuelta al anillo, así como su aclamado saludo desde los medios!

Y sonó allí una guitarra poniendo alfombra melódica al recital… Miguel Vargas ha aportado al toque flamenco unos sones y acentos -heredados por su prosapia- muy reconocibles y característicos: punzadas y dibujos lacrados con ese sello de la casa que los tornan inconfundibles, como en el pasado lograra en su ámbito, por ejemplo, Diego del Gastor. Escuchar a su hijo Juan, sonanta protagonista de la velada, es reafirmarse en la convicción de que sin temple, esa virtud de que hacen gala sus diez dedos, no hay duende que asome la cabeza. Varios corzos se desplomaron anoche para siempre en el bosque, heridos de muerte por sus falsetas por soleá y tangos.

Y aquí, congratulándonos aún por la fiesta que después prolongó la noche, concluimos la improvisada batida. Pero, como dentro de unos días baila en Mérida Farruquito y es de esperar que en Badajoz, en Las Nuevas Redes, tengan ya en mente nuevos carteles para las sobremesas cantaoras de los sábados, volverán ustedes a tener pronto, si Dios quiere, noticias nuestras. ¡Hasta entonces!



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