“Extremadura Pura” y su Sortilegio

Como razones devocionales me impulsaron hace no mucho a establecerme en las cercanías del Monasterio de Tentudía, llevaba un tiempo sin traspasar el umbral de Casa Patas, tablao presidido en su atrio por ese lienzo de Antonio Maya que deja admirativamente pensativos a cuantos pasan por su lado, para disfrutar de la hospitalidad de Martín e Isabel Guerrero. La oportunidad de rellenar el hueco nos la brinda una escapada a Madrid coincidente con el paso por la emblemática sala de Extremadura Pura, conjunto artístico que se alza con el éxito allá donde comparece, al que venimos siguiendo con entusiasmo y que inaugura esta noche un ciclo dedicado al flamenco del solar de Porrina por el que, en calidad de ínclitos estandartes del mismo, van a desfilar asimismo Juan Cantero, Guadiana, Miguel de Tena, Perrete, Esther Merino, Celia Romero, Javier Conde y, como forastero de lujo, Carlos de Jacoba.

Hechos los honores a la pertinente cazoleta de huevos rotos y tras recorrer la exposición fotográfica de Diego Gallardo, con excelentes retratos de -entre otros- Juana La del Pipa, Manuel Molina y Juan Villar, estamos ya en la García Lorca posicionados en localidades de delantera baja. Todo el papel se ha vendido y bastante afición se aprieta junto la barra de fuera para no perderse el acontecimiento. No es de extrañar. Conscientes de que el arte no es transgresión, sino emoción, primero emocionarse uno para, así, lograr emocionar a los demás… los componentes de este quinteto desnudan ante la audiencia nada más que su alma flamenca, que es lo que pueden permitirse, claro, quienes la poseen. Y lo hacen de tan descarnado, natural y elegantísimo modo que la afición queda prendida al instante en su encantador sortilegio.

Las guitarras de Miguel y Juan Vargas invocan a los duendes por jaleos y, apenas salido de chiqueros, el toro queda fijado, rotas sus querencias, con la misma destreza que si lo hubieran recibido de capa la sonrisa de Antonio Bienvenida o Luis Miguel ceñido por el rosa y oro picassianos. Entre el público, siguen la marcha de la noche Ramón El Portugués, Salomé Pavón, Ingueta El Rubio, Guadiana, Toni Fernández, Juan Castellón, Diego Gallardo, Consuelo Medina, Iván Losada, El Pelón, la gente de Zoco Flamenco y del Círculo Flamenco de Madrid… Alejandro Vega, que en el backstage, por aquello de hacer voz y para apenas seis u ocho oyentes, ha cantado hace un rato por soleá con el empaque de los grandes, opta sobre el escenario por su repertorio habitual: jaleos, tangos y taranto, palos los tres en los que se queja con proverbial y nada común dolencia, arrancando a la afición olés jubilosos. No sé si es verdad que, como difundió el año pasado la prensa rusa, un busto en bronce del Zar Nicolás II exuda lágrimas en Crimea, pero sostengo la convicción de que lloraría de veras si escuchara el lamento por jaleos de Alejandro, cantaor a seguir, guardián de unos estilos y sentidos que pocos artistas cultivan ya sobre las tablas.

Junto a él ruge su espeluznante grito de guerra por tangos La Kaíta, recién revalidado en el Festival Flamenco de Nimes su gran cartel en Francia y que, además, nos deleita -primera vez en su vida, afirma- con una incursión por alegrías denotadora de quién puede ser también por ese palo. Aún no hemos olvidado su magnífico e impactante hacer por soleá en su anterior comparecencia en el Patas. Y, coincidiendo con la caída del cartel del Juli en Olivenza, aquí es El Peregrino, recientemente laureado, quien ha presentado parte facultativo, reemplazándole en el paseíllo Luis Amaya, nieto de la legendaria Hipólita de la Plaza Alta y hermano de Remedios, nacido en Sevilla -pero de raíces extremeñas- y artífice de un baile sabroso y con clase que recuerda en intención y concepción a modelos de su niñez como Juan Montoya o Rafael El Negro. Los olés al elenco brotan durante toda la velada, conducida por los Vargas padre e hijo con ese deje a nostalgia del Paraíso fluente por sus tendones.

Cortados ya los trofeos, los artistas toman asiento para cenar, se les unen a la mesa otros flamencos, los admiradores se acercan a prodigarles sus parabienes y, como era de prever, avanzada la madrugada, se forma el lío en el salón del fondo donde -ya con las patas boca arriba sobre las mesas- las sillas se las prometían de lo más felices. Sacan los Vargas las sonantas de sus estuches, manda Martín una botella de whisky con todos sus avíos, se duele por jaleos Alejandro Vega… ¡Es la fiesta, tan brillante al menos como la gala! Se jalea el mano a mano por soleá -a petición de Miguel Vargas- entre La Kaíta y Salomé Pavón, evocando una a La Serneta y la otra a Tomás. Se incorpora al corro Ingueta para bordar los tangos y la bulería con ese eco privilegiado y esa solera rebelde que es sello de su prosapia. Y -abrigo elegante y metal sustancioso- llega por sorpresa Jesús Méndez, que viene de triunfar en el Berlín y regala a la concurrencia un sartal por bulerías de verdadero sabor. ¿Qué decir de Ramón El Portugués, cantaor de tan inaudito gusto que, con novisimas bulerías de cosecha propia, hasta nos hace olvidar que, para cantar, hacen falta dos cuerdas vocales?

¡Una noche que no caerá en el olvido! ¿Dónde estabas, Pepe Maya? El sábado, por invitación de la Peña José Pérez de Guzmán, viaja Extremadura Pura a Jerez de los Caballeros, antigua fortaleza templaria hacia la que, Dios mediante y a fin de contárselo a ustedes, galoparemos tras sus pasos. Las diligencias salen de Badajoz, Fuente de Cantos, Fregenal, Los Santos, Zafra, Almendralejo… ¡Reserven boleto!

Fotos Archivo VPF Carmen Fernández – Enríquez.



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